Una especie llamada turista
Minipost: Al 96% de los españoles no le gustan los viajes organizados
No lo entiendo, si cerca del 96% de los españoles se declaran a favor de descubrir los destinos a su ritmo y huyen de los viajes organizados, ¿cómo puede ser que las agencias de viajes estén siempre llenas, que siempre nos crucemos con cientos de grupos de turistas y que nos miren raro cuando decimos que nos hemos comprado un vuelo y no tenemos ni hotel ni nada que se le parezca? De verdad que no lo entiendo….
La privatización de Machupicchu
No hace mucho tiempo que Machupicchu fue elegida como una de las maravillas del mundo moderno. Un premio criticado y tildado de comercial por muchas personas y entidades (la UNESCO, por ejemplo). En Perú, parece ser que dicho premio ha catalizado un proceso que estuvo sobre la mesa durante mucho tiempo: la privatización de Machupicchu.
Si alguno habéis visitado esta ciudadela, habréis comprobado lo complicado que es llegar hasta ella. Perdón, complicado no es, es caro simplemente. Os resumo como es el acceso para llegar hasta allí. La forma fácil es un tren en manos privadas que recorre el tramo que va de Cuzco a Aguas Calientes, ciudad que se encuentra a los pies de la montaña dónde los incas construyeron su ciudadela. Aparte del tren, la otra forma “oficial” de llegar hasta Aguas Calientes es realizando el famoso “camino del Inca”, una ruta de trekking de varios días de duración que llega directamente a la ciudadela. Y por último, hay una forma “extra-oficial” de llegar al pueblo que consiste en realizar una ruta por pueblos y aldeas en varios medios de transporte locales muy baratos, pero lentos. Esta última forma de llegar no les gusta nada a las autoridades por lo que ponen muy complicado acceder a la información e incluso ponen problemas para la construcción de infrastructuras (o escusas como la UNESCO). Insistiéndole a la chica de la “tourist info” quizá logres que te diga que existe esta ruta para llegar a tu destino, pero te la desaconsejará y te mencionará que puedes ir hasta Ollantaytambo y tomar allí el tren por la mitad de dinero.
Ni que decir tiene que los trenes para llegar hasta Aguas Calientes y las excursiones por el “camino del inca” son muy caros, con precios europeos. Igual que la entrada a la ciudadela. Aunque la pieza fundamental sobre la que gira todo es el tren. Incluso si haces el camino del inca, para regresar hasta Cuzco tienes que utilizar el tren.
¿Sabéis que hacían muchos mochileros que no querían pagar por recorrer el camino del inca ni tomar el tren y no tenían 4 días para perderlos yendo y viniendo por la ruta “extra-oficial”? Pues se iban hasta Ollantaytambo y empezaban a andar junto a las vías del tren hasta Aguas Calientes, corriendo cuando llegan a los 2 controles que hay sobre las vías para vigilar que nadie se cuele por ese “camino” (¿o vigilaban que el tren no se salga de su recorrido?). Un riesgo que alguna gente está dispuesta a correr para no pagar las desorbitadas cantidades que se piden por unos servicios que no los valen. Es también una forma de desobediencia civil.
Ahora, parece que quieren ir más allá, dejando en manos privadas no sólo el tren, sino también el monumento. Pero parece que esta vez el pueblo peruano, verdadero propietario de esta maravilla, se lo va a poner difícil. Se han producido la mayor manifestación que se recuerda en Cuzco en los últimos 20 años, la gente ha salido a la calle para evitar que se privatice lo que es de todos. Es decir, han salido para evitar que el beneficio de algo que construyeron sus antepasados vaya a parar a la saca de una compañía privada.
Todo lo contrario opinan otras entidades, como el Instituto de Libre Empresa de Perú, quienes apoyan la privatización con argumentos tan pueriles como estos: “Disney Wold estaría acabando la construcción de una réplica exacta en computadora a escala basándose en fotos tomadas en diferentes ángulos. Con la finalización de esta construcción, Machupicchu dejaría de ser la única ciudadela inca, para entrar en competencia con su réplica”. Es de risa, pero las consecuencias podrían ser muy graves.
Desde el punto de vista de un viajero, el “sector turístico” en todo el mundo, controlado por mafias, empresas privadas y gobiernos sin escrúpulos, está convirtiéndose en un circo de dimensiones colosales. ¿Cómo puede ser que para visitar un patrimonio de la humanidad como es Machupicchu tenga que pagar más del salario medio de un peruano? ¿Por qué los propios peruanos no pueden visitarlo? Y no sólo sucede con el Machupicchu, que también sucede con las pirámides de Giza y con el Perito Moreno (aunque aquí todavía algunos argentinos pueden llegar a entrar). En cuanto una empresa de turismo “occidental” mete las manos, se jodió el invento: se llena de turistas aborregados, se encarece todo y se impide que los propietarios legítimos del monumento puedan acceder. Entonces, ¿porqué nos extrañamos tanto de las declaraciones de Ricardo Alarcón sobre el turismo Cubano si es algo universal en todos los países pobres? ¿O es que acaso a los ciudadanos de los países ricos no nos gusta escuchar lo que hemos conseguido?
Hoteleros: miedo a la libertad de expresión
Hasta ahora, los hoteles tenían un mecanismo único y ajeno a la ciudadanía para valorar su calidad: las estrellas. No era extraño encontrar un hotel con una determinada categoría que no se ajustaba a esa valoración inicial. En esos casos, el cliente no tenía ninguna forma de protestar o advertir de que dicho hotel no se ajustaba a la calidad esperada.
Ahora, con la popularización de Internet como instrumento social y de participación ciudadana, por fin todos tenemos la posibilidad de juzgar, criticar, alavar o simplemente describir, qué nos ha gustado y qué no. Aunque es todavía escaso el porcentaje de la población que recurre a este medio para comprar o informarse acerca de hoteles, viajes o vuelos, es una parte del mercado que cada vez está adquiriendo mayor importancia. De eso son muy conscientes todos los que ganan dinero con el sector turistico (compañias aereas, hoteleros, etc).
La última reacción del sector se ha producido en Fitur (leido en Barrapunto). Parece ser que a la gente que tiene establecimientos no le gusta que opinen de ello sus usuarios y prefiere que sigan siendo “profesionales” los que les juzguen. Pues lo sentimos mucho, pero el imperio de la ley del silencio se ha terminado y de ahora mismo sus establecimientos, igual que las compañias aereas, los restaurantes, los atractivos turisticos, las ciudades, y tantos otros elementos ajenos al sector turistico, los vamos a juzgar sus usuarios, así les pese a algunos.
Egipto: El Cairo (dia 6)
Hoy sería el último día guiados. Nos levantaron pronto para pasearnos por toda la ciudad recogiendo gente. Y es que en las excursiones guiadas también hay clases y los que pagamos menos (la categoría más baja) somos los peor tratados, a los que antes recogen y a los últimos que dejan los autobuses. Lo bueno es que después de la visita a las pirámides, perderíamos a Amed de vista para siempre.
El desayuno en el hotel fue magnifico, cogimos comida para almorzar luego si teníamos más hambre. El trayecto en bus agobiante. Y, por fin, la esperada visita a las pirámides fue… decepcionante. Sí, las pirámides son geniales, poder verlas aunque sea un minuto en la vida merece la pena, pero con determinadas compañías es mejor no ir. Y es que nuestro guía nos la volvió a jugar. No quiso madrugar para llegar de los primeros al recinto de las pirámides, por lo que con los retrasos del bus recogiendo gente de aquí y de allá (y también que hay algunos turistas que no tienen respeto por nada), llegamos realmente tarde, tanto que era casi imposible entrar en el cupo de gente que puede entrar cada día al interior de la gran pirámide. Dicen que no te pierdes nada, pero nos hacía ilusión… Agua y ajo, la próxima vez volvemos por nuestra cuenta.
El caso es que ese problema ya veníamos pensándolo antes de llegar al recinto, lo que no nos imaginábamos era que el hombre éste nos iba a tener encerrados en el bus nada más llegar al parking de las pirámides, viendo los monumentos por la ventana y sin poder escapar, durante 15 interminables minutos mientras nos contaba su vida, obra y milagros, tonterías que no nos interesaban para nada y cuestiones de organización del viaje (a que hora nos veríamos, que no fuéramos con los camellos al desierto que era muy peligroso, que si en el autobús podíamos dejar las cosas que quisiéramos, etc). Todo el encanto del momento se fue a la mierda por un puñetero guía. Así de claro. Nos jodio la visita más esperada de todo el viaje. Allí, ante esos colosos de piedra, juramos volver… y lo cumpliremos.
Lo suyo hubiera sido llegar en camello hasta las pirámides, desde el desierto y tras una gran duna empezar a divisar la silueta de las 3 grandes pirámides. Acercarnos poco a poco y descender de nuestro camello para recorrer los últimos pasos andando. No pedíamos eso, simplemente hubiéramos deseado que nos dejara el maldito autobús en el parking y correr a ver las pirámides con todo el tiempo por delante. Ni eso tuvimos.
Cuando nos liberó Amed, fuimos a ver las pirámides de cerca, desde mil lugares distintos, subimos en ellas, las tocamos, las sentimos… pero todo de prisa, porque teníamos una hora y todavía no habíamos visto el museo. Cuando nuestro tiempo llegó a su fin, todos al autobús para alejarse y hacer una foto panorámica. Como japoneses. 10 minutos y todos de nuevo al autobús para ir a ver la esfinge. Nos escupe otro rollo memorizado y 30 minutos libres. Fotos y todos de nuevo al bus que nos vamos a casa.
Todavía pienso que debíamos haberle dejado tirado en ese momento, decirle “nosotros nos quedamos aquí” y seguir viendo a nuestro aire aquel lugar maravilloso, pero no lo hicimos y todavía pudimos comprobar hasta que punto la desfachatez de una persona puede llegar a rozar lo abominable. ¿Por qué tenía tanta prisa? ¿No quería que se nos enfriara la comida? No, quería llevarnos de camino a los hoteles a una fábrica de papiros. Perdón, a una fábrica no, a una tienda. Ese era el momento, antes de que la mayoría de los turistas se enteraran de los precios que tienen estos souvenirs. 300 y 400 LE eran precios habituales. Y lo peor, algunos lo pagaban. Eso sí, en la tienda, toda lujosa, decorada en oro y madera, te ofrecían un té nada más entrar. Nosotros nos quedamos curioseando y charlando con nuestros amigos los vascos. Por cierto, ahí no dio un tiempo máximo de estancia, nada, no hace falta, cuando el último del grupo se cansó fue cuando nos fuimos. Vaya impresentable. Pero esta vez sí que era la última vez que le veíamos, en cuanto nos dejara en el hotel nos iríamos cada uno por su lado, ya que nosotros no habíamos comprado ninguna de sus caras excursiones por la ciudad. Las últimas palabras que tuvo este elemento fueron para Nuria, le dijo que con esa actitud no se podía viajar, que ella no podía ir por ahí desafiando la autoridad del guía y organizando excursiones paralelas, que eso le llevaría problemas y no se que más. Lo que en realidad quería decir es que le habíamos hecho perder comisiones por darle información a nuestros amigos y por “atrevernos” a ser un poco libres durante el viaje.
Bastante cabreados, pero aliviados, llegamos al hotel, nos cambiamos y salimos corriendo junto con los chicos vascos a buscar un taxi para ir hacía la ciudadela. Llegamos a la hora de comer, buscamos algo y encontramos un restaurante impresionante allí dentro, en una especie de plaza, dónde la decoración y la vestimenta de las camareras recordaba a la edad media. A pesar de eso, nos sorprendió el precio. El servicio no fue excesivamente rápido, por lo que perdimos mucho tiempo, quedándonos a medio visitar toda esa zona ya que cerraban a las 5. Una lástima.
Cogimos un taxi. Negociamos con el taxista un precio para ir a Khan el Khalili y cuando pensábamos que ya íbamos a salir, subió en nuestro taxi a dos japonesas que también iban para allí. Nos había parecido un precio demasiado bajo, pero no nos imaginábamos cual sería la estrategia para hacer que le compensara.
En el mercado nos pasamos toda la tarde hasta que anocheció. Ni siquiera pudimos visitar todo el mercado, aunque bien es cierto, que hay muchas cosas “repetidas”. En la parte más turística los vendedores son especialmente pesados y los precios empiezan más altos, pero si sales de esas zonas los precios se moderan (aunque hay que seguir regateando) y no te suelen molestar tanto.
Después del mercado cogimos otro taxi hasta la zona de pirámides dónde esa noche hacían el espectáculo de luz y sonido en castellano. Tuvimos un problema con el taxista que pretendía que le pagáramos algo más por el trayecto, después de haberlo negociado y dejado claro desde un principio. Montamos un buen pollo en la puerta de las pirámides, hasta que vino un hombre que trabajaba de acomodador allí y que nos ayudó mediando con el taxista que estaba simulando estar muy enfadado. Le pagamos lo convenido. Antes de entrar al espectáculo (que, por cierto, es una de las cosas más caras que hay en todo Egipto, creo que fueron sobre 60 o 70 LE por persona) fuimos a comer algo. Como teníamos poco tiempo y no encontramos nada por allí terminamos comiendo en un fast-food por muy poco dinero. Luego fuimos al espectáculo y nos sentamos en primera fila gracias al mismo hombre que nos ayudó a mediar con el taxista. El espectáculo en sí es bastante soso, pero ver las pirámides iluminadas y el sonido envolviéndote, resulta bastante espectacular. Eso sí, no creo que volviera a pagar
tanto dinero por entrar a verlo.
Cuando el espectáculo terminó, salimos rápidamente para encontrar un taxi. Aún así fue complicado y nos tocó uno que tuvo que ser empujado para poder arrancar, sin marcador de velocidad, ni luces, ni… pero llegamos a nuestro hotel. Antes de acostarnos pasamos por el bar para tomar algo, preparar el día siguiente y fumar shisha.
Gastos del día
No disponemos de los datos individuales
Total: 300 LE


